¿Damos una vuelta?, por Raquel Garzón
Ciertos regalos son anticipos de libertad, galones de aire puro. Allá por los 70, para una navidad, mis padres decidieron sorprendernos y enrolar a la familia en salud, comprando una bicicleta para cada uno. La mía era roja e hipnótica como un talismán y tuvieron que bajarle el asiento al mínimo para que no fuera a dar con mi orgullo en el suelo cuando me trepé a ella por primera vez, con más entusiasmo que técnica. Yo tenía seis años y ese artefacto cromado y sus misteriosas zancadas tracción a sangre eran lo más bello que había visto en mi vida.
Esa fascinación indeleble, anarquía bípeda que milita en los pedales antes que escoger la polución que siempre acarrean las cuatro ruedas, se retroalimenta en las imágenes de Bicis, el libro que Fernando de la Orden nos propone, sumando bicicletas pescadas in fraganti, por él y otros fotógrafos, en los rincones más diversos del globo. Estas fotos engarzan el pulso acelerado y el sudor de los cuerpos con la honestidad poética y brutal de un artefacto, que promete llevarnos sólo hasta donde podamos llegar, hasta donde nos den las piernas. Una ética sencilla del esfuerzo y el límite, que garantiza una cuadra más y otra, una tercera... mientras no se acabe el aire.
Álbum de recuerdos y bitácora de asombros, Bicis cuenta en imágenes robadas al vagabundeo, kilómetros de anécdotas, historias de caminos y de rostros y nos permite imaginar la banda sonora de su tropilla de ruedas, mordiendo el pavimento bajo la lluvia, arañando la arena o caracoleando sobre el pasto. Su riqueza reside en esos testimonios de manubrio y cubierta, rescatados de la rutina como confirmación o sorpresa. Y anuncia: ecológicos, democráticos, patrocinados por la vida sana o forzados por los bolsillos flacos, aquí están, estos son los bólidos que aprendimos a amar en la infancia. ¿Damos una vuelta?
Estas bicicletas viven
Tan incorporada a la vida contemporánea, la bicicleta es prolongación de piernas, funcional y práctica: perdió el poder de desnaturalizarse y sorprendernos. Pero en estas páginas la bici se escapa de lo que el sentido común le asigna: se muestra hasta humana, padeciendo privaciones, penas, castigos, o disfrutando. Se transforman en la paradoja de dos ruedas detenidas ante un atardecer de postal, como si realmente gozaran. Tan vivas, tan sensibles como para apreciar la música, tan hábiles como para subir escaleras por cuenta propia; tan piadosas como para hacer compañía al que sufre sin techo ni destino en una esquina, un día cualquiera. Julián Gorodischer
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